miércoles, 10 de julio de 2013
¿La evaluación un barco a la deriva?
Sin excepción, alguna, toda actividad educativa realizada y no evaluada es como un barco a la deriva. Con la evaluación, se cierra el círculo del proceso educativo, volviendo a su punto de partida, que son los objetivos. Una nave a la deriva es aquella que, partiendo de un puerto va navegando, sin destino fijo, ya sea por pérdida del timonel o rotura del timón, o por otras circunstancias adversas a los fines propuestos por aquellos que la zarparon. ¿Volverá a su puerto? ¡Quién sabe! ¿Logrará sus fines? ¡Dudoso! Y seguirá bogando, teniendo por las noches las estrellas, mudas y lejanas; y de día, los rayos del sol calcinantes en el sur, y los vientos helados en el norte.
El proceso educativo parte de un puerto seguro: los objetivos, y luego de transitar por donde fuere, con un buen timón la ética y la estética en la profesión y un timonel seguro y firme el docente debe volver a su puerto con el triunfo de los logros, alcanzados y certificados por la evaluación. Sin la evaluación, el proceso educativo sería como un barco a la deriva, dependiendo de su suerte. A veces, puede encontrar una isla encantada, y otras veces, unas cálidas costas donde spltar sus anclas. Solo el destino se encargará de hacer cumplir sus objetivos, y no siempre en su totalidad.
Cuando no se evalúan las actividades educativas nacidas de unos objetivos precisos, no se podrá saber si estos objetivos fueron logrados o pueden ser logrados en un futuro, y el esfuerzo, la dedicación y la ciencia del docente se verán menospreciados, por más sinceros y auténticos que fueren sus sentimientos de solidaridad y de humanismo.
La evaluación educativa se asemeja al barco que vuelve a su puerto de partida. Zarpa con el proceso de enseñanza-aprendizaje de un puerto seguro, los objetivos, y luego de transitar por distintas actividades, vuelve a su puerto con los logros conquistados en nombre de estos objetivos.
Ahora bien, "Evaluar no es calificar" cuando se califica por lo general también se termina descalificando, lo que genera una total contradicción con los objetivos mismos de la educación. La evaluación no se puede limitar a las llamadas previas, a trabajos escritos que se circunscriban al resumen, a la descripción o a la transcripción textual. "La evaluación no es un examen o prueba al que el estudiante se aproxima con miedo y temor al término de un capítulo, una guía, un periodo o un año. La práctica tradicional en la escuela ha reducido la evaluación a un examen riguroso, no por su exigencia científica sino por lo complicado que es pasarlo". La evaluación, debe ser entonces un diálogo constante donde se construya. Un espacio en el cual se aclaren dudas o se generen otras. Una oportunidad en la cual estudiantes y maestros se encuentren con la persona, el saber, con la ciencia, con el conocimiento.
“La evaluación es un proceso mediante el cual se valoran desempeños en el ser humano en un contexto determinado” VILLADA (2008); esta definición nos da luces importantes frente al sentido real de la evaluación, siendo conscientes que en muchos casos, la evaluación no tiene en cuenta el proceso llevado a cabo por los estudiantes, sino la medición de conocimientos, situación que es necesario intervenir. Es de resaltar que la acción de evaluar es un ejercicio pedagógico y humano de carácter subjetivo, donde resulta esencial tener claridad frente al objetivo que se busca con ella y su intención en términos formativos, porque como dice VILLADA: “la evaluación es una oportunidad para aprender y da cuenta de la transformación del sujeto como persona”.
Usualmente, el acto de evaluar se ha asemejado al acto de examinar o medir, pero hay que anotar que son dos cosas completamente distintas aunque complementarias, al ser la examinación un factor orientador en algunos aspectos del proceso evaluativo; en otras palabras, la examinación puede llevar a la valoración del desempeño de nuestros educandos.
El alumno aprende la mayor parte de las cosas de manera transitoria. Esta premisa es común en nuestras aulas de clase, sobre todo porque los estudiantes “aprenden” para un examen, no para la vida; cuando memorizamos, muchos de esos datos o informaciones las utilizamos en un momento dado, pero después de un tiempo las olvidamos, quizás porque no son representativas de nuestra realidad. Todo docente, en cualquier nivel, grado o asignatura requiere tener en cuenta lo expuesto anteriormente, sólo siendo conscientes de dichas premisas, estaremos en capacidad de planear y desarrollar un proceso de enseñanza-aprendizaje con una dosis de significatividad y sentido que propenda por el desarrollo del pensamiento para aquellos que se encuentran en un proceso formativo.
De igual relevancia que las afirmaciones hechas hasta el momento, resulta fundamental hacer énfasis en el hecho de concebir el aprendizaje como un proceso individual que depende de las capacidades de cada ser humano, de sus ritmos y estilos de aprendizaje; por tanto, cuando una persona no aprende algo con la velocidad (ritmo) que espera el docente, no significa entonces que tenga un problema de aprendizaje, más bien, es una característica relacionada con los ritmos de aprendizaje, por eso, no todos aprendemos a la misma velocidad, algunos pueden ser más lentos que otros, lo cual se debe también a los estilos de aprendizaje.
Las diferencias entre los estudiantes son variadas, pueden ser de tipo cultural, intelectual, social, afectivo, entre otras; cada persona tiene su estilo de aprendizaje. Catalina Alonso y Domingo Gallego (2003) definen los estilos de aprendizaje como los “rasgos cognitivos, afectivos y fisiológicos que sirven como indicadores relativamente estableces de cómo los estudiantes perciben, interaccionan y responden a sus ambientes de aprendizaje”.
Conocer ¿cómo aprende el ser humano? es un aspecto central en los procesos evaluativos, podríamos decir que es su materia prima; cuando desconocemos esa pregunta es cuándo caemos en el error de concebir el evaluar cómo aplicar un examen, sin tener en cuenta la integralidad del ser humano y su meta de formación. Una vez que el docente tiene claro este proceso, puede emplear un conjunto de estrategias, procedimientos, fundamentos y categorías con las cuales puede evaluar al alumno y emitir juicios y conceptos valorativos frente a su desempeño. Sólo con un proceso sistemático y cuidadoso de evaluación podremos facilitar un aprendizaje significativo y ante todo, aplicable en determinadas situaciones y contextos.
Vista así, la evaluación se convierte no sólo en un lugar de discusión, sino en un espacio de formación permanente, donde los datos, las fechas, los hechos, se vuelven "verbo", acción, y pasan a ser explicación y fundamento en la resolución de problemas o en la generación de tesis y de dudas; cuando la evaluación se vuelve un espacio para preguntarse constantemente los por qué, los cómo y los para qué, podemos posibilitar un aprender permanente, un aprender a aprender; una posibilidad de que todos los elementos (teóricos, prácticos) que nos rodean (en especial los entornos y las realidades) nos permitan un preguntarnos y explicarnos constantemente.
La evaluación entonces ya no será el espacio de memorización, de copia textual, de mera síntesis, en la cual se preguntaba: escriba los nombres de, en qué año fue, quién fue, enumere, describa, grafique; sino que se convertirá en la posibilidad de explicar, preguntar, indagar, investigar, interpretar y dar puntos de vista objetivos trabajados con cierta rigurosidad. Es decir, que los maestros/as no calificarán el trabajo de los/as estudiantes, sino que entrarán en discusión con ellos/as, analizando los puntos de vista, las fuentes consultadas, el método utilizado, el estilo empleado, con lo cual la evaluación no será una acción impositiva y coercitiva en la cual los estudiantes se limitan a obedecer y responder lo que por lo general los/as docentes quieren escuchar, sino que será un acto consciente y voluntario en el cual el/a estudiante pueda analizar su desempeño y la responsabilidad con su quehacer, para que así comience a trasegar el camino de la autonomía, el compromiso consigo mismo.
El paradigma es que la evaluación en lugar de medir el conocimiento (si es que se puede medir), el "rendimiento de los/as estudiantes", la capacidad de memorizar; posibilite el aprehender, incite al estudiante a la construcción del conocimiento, es decir, que hagamos de la evaluación un espacio para la formación; de esta manera, podemos comenzar a permitir que los/as estudiantes ya no se pregunten por cuanto sacaron, o si "pasaron", sino que se preocupen por cuánto aprendimos, qué tal nos fue en el manejo de las herramientas, en la formulación de hipótesis, qué tal la fundamentación de los puntos de vista, el manejo de los datos, el manejo de información. Así entonces la evaluación no será tampoco el feudo designado exclusivamente a los docentes, sino que será la posibilidad de concertación con los estudiantes, la posibilidad de que ellos/as se evalúen, asuman conciencia del valor de su trabajo, de su esfuerzo, de sus logros y desaciertos".
En la medida en que esto pueda lograrse, el maestro pierde su carácter de juez todopoderoso y recobra su papel de guía, ubicando su autoridad en su capacidad PEDAGÓGICA y no en su poder de juzgar a los alumnos". La previa, la memorización simple, el temor y la copia... serán, como dice el poeta, cosas de una vieja historia. El objetivo será aprehender, construir, manejar diversos tipos de herramientas y métodos propios de las diferentes disciplinas y áreas, debatir, interpretar (comenzando por los diferentes hechos humanos), proponer (formas de abordar los problemas, alternativas de solución a los mismos) analizar, criticar, comprender y no simplemente pasar.
Mas la evaluación, también tendrá otra connotación... el valor ético. Es decir, la evaluación no sólo posibilitará la formación disciplinar, critica, analítica, de comprensión e interpretación de la realidad social, etc., de los estudiantes, sino que permitirá que se autoevalúen, que sean capaces de reconocer su trabajo constante, sus logros o su facilismo; ellos/as revisarán su compromiso académico, su quehacer; entonces entramos en otro diálogo docente - estudiante, en el cual, la nota no será el medio ni el fin; ni será el elemento motivador o señalador (castigador). Tampoco el instrumento dominador con el cual el profesor/a ejercía autoridad o chantaje; ahora el debate se centrará en las competencias alcanzadas por los estudiantes, y la colaboración y participación de los docentes en el desarrollo de tales competencias. Los estudiantes tendrán la oportunidad de analizar las orientaciones y comentarios hechos a sus trabajos para ver sus posibilidades, y corregir los desaciertos o superar las deficiencias.
En mi opinión, la evaluación debe ser objeto de permanente reflexión, transformación e incluso de indagación; esto último es ser objeto de investigación con el fin de determinar su pertinencia e influencia en las acciones formativas y cómo contribuye a dar una mirada diferente al sentido del aprendizaje. Por último, quiero anotar que la evaluación no puede seguir estructurándose para medir conocimientos, tampoco debe plantearse un día antes, es una acción que requiere ser planeada, asumida desde el inicio del año escolar y tener unos criterios y objetivos claros, en procura de lo que he resaltado durante este escrito, la formación humana. En conclusión, la evaluación es un proceso planeado, sistemático e integral mediante el cual se valoran los desempeños de nuestros estudiantes, teniendo en cuenta sus resultados, pero en especial, sus procesos. No olvidemos además que la evaluación está vinculada al quehacer educativo y por tanto al mundo de la vida, ese mundo en el cual está inmerso el educando y al que debe hacerle frente día a día. APROPIACION Y ALINEACION PARA QUE EL BARCO NO ESTE A LA DERIVA.
Manizales, Julio 3 de 2013
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